Carta de amor: Camina conmigo

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Hace muchos días que no te veo, digamos que ya han sido bastantes. No sé en qué momento te fuiste porque en realidad siempre te he sentido aquí, como cuando nos reuníamos todas las tardes para caminar juntos antes del entrenamiento. Tú me decías, camina conmigo y así podremos hablar. Mientras recorríamos el complejo, a paso lento, conversábamos, nos contábamos una y otra cosa, la vida de la escuela, con la familia, los amigos, las cosas tontas que nos habían ocurrido en la mañana o el día anterior luego de irnos a casa.

Nos separaban, pero nos volvíamos a alcanzar para mantenernos siempre caminando juntos. Ya cuando salíamos de allí, nos íbamos por todo el camino lentamente hasta ver que el sol se empezaba a ocultar. Así que emprendíamos una carrera para que cada uno llegase a su casa antes de que cayera la noche. Ya bien entrada la noche, nos íbamos a la cama esperando las horas del siguiente día por la tarde, para seguir conversando.

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Sin poder tomarnos de la mano, pero lo más cerca posible, sin que nos vieran al besarnos, pero escondiéndonos en cada posible lugar para darnos el beso más profundo en un solo instante. Así eran los días cuando caminábamos juntos.

Tiempo después, cada quien tomó su rumbo, pero de vez en cuando nos veíamos y aquella vieja costumbre se revivió, hasta acabamos escapados todo un día y nadie lo notó porque en vez de irnos a caminar nos fuimos a amar. Ya no éramos los niños que trotaban contándose sus pequeñas cosas, ahora estamos unidos por algo mucho más allá.

Pero la vida nunca es justa, así que nos despedimos, como siempre supimos que pasaría. Lo que nunca imaginé es que esa despedida seria la definitiva; hasta que llegue allá, donde tú con Dios estás para tomarte de nuevo de la mano y decirte camina conmigo y así podremos hablar.

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